Cuando un descubrimiento científico es importante, suele aparecer la pregunta: ¿quién lo hizo primero? La respuesta casi nunca es simple. La ciencia es un proceso colectivo que se construye sobre el trabajo previo de muchos — y sin embargo, el sistema de reconocimiento premia a los individuos.
Estas son tres historias que lo ilustran. Las tres tienen en común que el conocimiento avanzó a pesar de las disputas, no gracias a ellas.
En 1845 y 1846, dos matemáticos trabajaron de forma independiente y llegaron a la misma conclusión: tenía que existir un planeta más allá de Urano. Urbain Le Verrier, francés, y John Couch Adams, británico, predijeron su posición mediante cálculos sobre las perturbaciones en la órbita de Urano.
Adams terminó antes, pero sus resultados no fueron tomados en serio por el Astrónomo Real británico. Le Verrier publicó su predicción y la envió al Observatorio de Berlín — donde Johann Galle apuntó el telescopio y encontró Neptuno a menos de un grado de la posición calculada.
La disputa de prioridad resultante enfrentó a Francia e Inglaterra durante años. Adams se mantuvo amable en todo momento. Le Verrier, no tanto.
En 1953, James Watson y Francis Crick publicaron en Nature el modelo de doble hélice del ADN — uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX. Recibieron el Premio Nobel en 1962.
Rosalind Franklin no lo recibió. Franklin había obtenido la «Foto 51» — una imagen de difracción de rayos X que era la prueba más clara de la estructura del ADN. Watson vio esa fotografía sin su conocimiento ni consentimiento, a través de su colega Maurice Wilkins. Los datos de Franklin fueron cruciales para el modelo de Watson y Crick, pero no se le atribuyó el crédito que merecía.
Franklin murió en 1958, cuatro años antes del Nobel. El Premio Nobel no se concede a título póstumo.
Charles Darwin llevaba más de veinte años trabajando en su teoría de la evolución por selección natural cuando recibió un manuscrito de Alfred Russel Wallace — un naturalista británico que había llegado de forma independiente a las mismas conclusiones.
Darwin podría haber publicado primero y reclamado la prioridad. En cambio, decidió presentar ambos trabajos conjuntamente ante la Sociedad Linneana de Londres en 1858. Al año siguiente publicó El origen de las especies.
Wallace nunca recibió el mismo reconocimiento que Darwin — en parte por clase social, en parte por cómo funciona la memoria histórica. Pero la relación entre ambos fue de respeto mutuo hasta el final.
Las disputas descritas aquí ocurrieron en un sistema donde el conocimiento era escaso, los datos no se compartían y el crédito era indivisible. La ciencia abierta propone lo contrario: publicar los datos antes de los resultados, compartir los métodos, reconocer todas las contribuciones.
La UNESCO recomienda trabajar «con un espíritu de libertad intelectual para alcanzar, exponer y defender la verdad científica» — y suprimir la desigualdad de oportunidades que ha dejado fuera del reconocimiento a tantos científicos como Rosalind Franklin.
No es una utopía. Es una decisión sobre cómo organizar el conocimiento colectivo.