La Tierra genera un campo magnético gracias a su núcleo externo de hierro líquido en movimiento. Ese campo magnético no solo nos protege del viento solar — también es una brújula invisible que millones de animales leen y utilizan cada año para migrar.
Lo llevan incorporado en el cuerpo desde hace millones de años.
La primera referencia escrita a la orientación animal por campo magnético es de 1882. No fue hasta la década de 1970 cuando los experimentos comenzaron a confirmar el fenómeno. Hoy se investiga activamente en laboratorios de todo el mundo.
Algunos animales tienen cristales de magnetita — un óxido de hierro — en sus tejidos o cerebro. Actúan como agujas de brújula microscópicas. Se ha encontrado magnetita en abejas, palomas, peces y en el cerebro humano.
Las aves migratorias usan una proteína en la retina del ojo llamada criptocromo. Reacciona químicamente al campo magnético, creando una imagen visual de la dirección magnética. Las aves literalmente "ven" el campo magnético superpuesto a su visión normal.
Algunos peces y tiburones detectan los campos eléctricos inducidos por su movimiento a través del campo magnético terrestre. Es una forma de navegación GPS biológico de extraordinaria precisión.