El viernes lleva su nombre: Veneris dies, en latín. Los romanos veían en Venus el objeto más brillante del cielo tras el Sol y la Luna — el lucero del alba, el lucero vespertino — y lo asociaron con la diosa de la belleza.
Es el planeta más parecido a la Tierra en tamaño. Pero su parecido termina ahí.
Su atmósfera densa y tóxica, cargada de dióxido de carbono, desencadena un efecto invernadero descontrolado. La temperatura en su superficie alcanza 464 °C — suficiente para fundir el plomo. Las sondas soviéticas Venera, las únicas que llegaron a posarse en él, no sobrevivieron más de dos horas.
Gira en sentido contrario al resto de planetas. Su día dura más que su año.
Venus es la prueba de que la belleza puede esconder un infierno.